Petrichor o una hora diez de ansiedad

Un texto de Matías Angelini, escritor y músico que recomendamos seguir en su perfil de Medium tanto como en su disco “Beatnik”

4:08. No almorcé. Estoy en la cama scrolleando información que no entiendo ni necesito a cambio de que me permita pasar el tiempo sin sentirme mal. Mis vísceras se retuercen. Tengo náuseas. No dormí del todo bien: los mosquitos no me pican, solo me molestan. Además siento la humedad pegada a mi piel como brea fresca sobre el ripio. Siento la ropa como si fuera una armadura pesada repleta de bisagras que incomodan mis movimientos. Me siento absurdo. Toda mi confianza se desmorona y tengo ganas de vomitar. No lo entiendo. Fumo. Es aún peor. El olor se impregna en la sala, entre mis libros, mis apuntes. Hay cenizas en el escritorio y todo parece decadente. No encuentro ningún romance en la derrota y me asusta. Quiero aprender de ella, entenderla. Ver cómo opera en mí el tiempo, el estado de vacío donde debo hacer algo que sé que puedo y quiero hacer, y que frena mi propio ego.

¿A qué me enfrento? Me hormiguean las manos y mi pulso tiembla mientras sentado en el borde de mi cama miro como desfila sus perfiles un pequeño ventilador de pie. Gira de lado a lado suavemente. Sus movimientos son precisos. Lleva horas encendido y aún no se ha calentado su motor. Es elegante. Cumple con todo incluso con la ilusión de renovar el aire de un cuarto repleto de ropa dispuesta en sillas, dispuestas en un suelo con más ropa. Y cenizas, y ceniceros en el suelo y las botas que use el último fin de semana y mis libretas y sus anotaciones absurdas con reflexiones inexplicables en momentos que no recuerdo pero que creo que en algún momento van a ser necesitadas.

Los hombros me pesan, siento que mis brazos son largas garras que pierden suavidad, que se vuelven brutas ante la inexplicable sensación de que lo comprendo todo, que lo decodifico y sin embargo mi cuerpo se vuelve un mueble, se vuelve estático ocupando un lugar en la tierra esperando a ser necesitado, a que abran mis cajones y saquen algo de mi. Es ridículo, aún creyendo que realmente entiendo qué es lo que pasa, mi capacidad de acción se deteriora, mi corazón se agita, la arritmia comienza y mi cerebro entra en estado de alerta. Me preocupa mi corazón.

Enciendo otro cigarrillo, me paro en el balcón y apoyo mis codos sobre una baranda que da suroeste. No hay sol. Las nubes tiñeron de gris la ciudad entera y los pequeños rayos que atraviesan la espesa capa de vapor en el cielo me enceguece. No logro enfocar el horizonte. Ningún horizonte. Algunos pájaros dispersos sobrevuelan un edificio altísimo. Son pequeños y se ven aún más pequeños desde acá. Mi mano siente el calor del humo que se eleva con un dibujo en el aire, como un velo que me persigue. Me gusta fumar. Odio haber fumado. Y me gustan las canciones que puso mi amigo, pero quisiera escuchar otra cosa. No sé qué. Algo que reviva.

La lluvia amenaza desde la noche anterior. Mis rulos lo pueden advertir. Son como una estatuilla de la virgen de esas de la cosa que se tiñen de rosa anunciando el aluvión. Bueno, así, sin la parte…

14.38. Recibí un llamado de trabajo. Hablé, hice lo que tenía que hacer bien y rápido. Me siento bien. Algo aliviado. No sé bien en qué estaba. Algo de mi cabello, la humedad y una estatuilla de la virgen de plástico comprada en un bazar en alguna peatonal olvidada de Necochea Viejo. Que analogía estúpida. Me da gracia cómo observo lo que sucede. Hay días que tengo una claridad abrumadora, que absorbo todo como una esponja de lavar nueva. Que no se me escapa nada. Me creo invencible. Ahora veo el cuerpo del cigarrillo consumirse dejando un tubo rugoso de cenizas que no se caen, que resisten la gravedad y su inminente debilidad. Que tan solo un movimiento basta para que caigan, un simple roce.

Mi nariz se confunde entre el humo, la alergia, la humedad y el olor de la lluvia amenazante, que amenaza y amenaza y sigue amenazando y no cae. No es rozada por nada aún pero está latente, está al caer. Pienso en que necesito que caiga, que termine la sensación de espera. Es agotador. Sostengo mi atención esperando que suceda lo que sé que debe y va a suceder y espero y espero, y aún no sucede. Pero va a suceder. Es evidente. Todas las señales indican eso.

En 1964, dos geólogos australianos, Isabel Joy Bear y R. G. Thomas, crearon un concepto, una palabra que abraza al lenguaje en toda su profundidad: una palabra que no solo identifica un objeto, sino que lo tiñe de un sentido aún más profundo. Que une la sensación latente que todos y todas sentimos en el mismo momento: Petrichor.

Al parecer el olor que producen ciertas plantas en períodos de sequía proviene de un aceite que es absorbido por el suelo y al entrar en contacto con la lluvia es liberado en el aire junto con otro compuesto, la geosmina. Bear y Thomas demostraron un año más tarde que estos aceites aromáticos retardan la germinación de las semillas y el crecimiento de las plantas para proteger a las semillas, evitando que germinen en épocas de sequía.

Hace semanas que no llueve en La Plata. Los días de calor de marzo se entrelazan con noches frescas deliciosas para caminar por los parques. Según la pareja de geólogos, el Petrichor es mucho más perceptible y penetrante cuando llega el periodo de lluvias, luego de días y días de cielos despejados, de celestes plenos. Este aroma es tan complejo y la naturaleza es tan precisa en su fabricación que jamás pudo ser emulada o sintetizada por ningún hombre ni mujer nunca. Solo aparece cuando la naturaleza lo determina. El aroma invade mis pulmones, mi cuarto entero que huele a humo y algo que no sé bien qué es ni cómo funciona pero me hace sentir bien.

15.18. Ya me siento bien. Mi amigo puso DIIV. Suena Sometimes de fondo y algo en sus guitarras con delay me conmueve. Parece una postal alucinante. Siento como desliza sus pies sobre el piso de parquet y es hora de comer algo.

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