La gloria

Por Mister

Los trofeos se compran.Lo aprendí de pequeño.Las modestas ceremonias de fin de año del club de mi barrio condecoraban nuestro desempeño deportivo con austeras medallas o con diminutos trofeos. Generalmente se trataba de una especie de mujer griega o un hombrecillo bastante desprovisto de rasgos. Ni siquiera un enano de chapa tomando algo parecido a una pelota de basket, ya que ese era nuestro juego. Aquellos trofeos no dejaban muy en claro si éramos pequeños basquetbolistas o mineros o filósofos.En sus rústicas bases llevaban una pequeña etiqueta en la que en principio no indagué mucho. Pero no podía comprender porque en otras disciplinas, los trofeos eran más grandes y portentosos. Mi amigo Manu tenía hermosos y grandes trofeos. Pero no sólo porque fuera un excelente arquero de fútbol (y un pibe entrañable) sino porque evidentemente había una costumbre en su liga de premiar de un modo más considerado. Admiraba sin una pizca de envidia aquellos trofeos, pero me preguntaba: ¿por qué los nuestros son tan chiquitos? Imagino que me ayudó a valorarlos: suele ocurrir cuando se tiene poco.Sin embargo también ocurrió eso: supe que los trofeos se compran. Apenas a un par de cuadras de casa, conocí un pequeño local: “Trofeos Faletti”. Sí, los mismos de aquellas etiquetas. Los mismos de aquellas entregas. Ver su vidriera atestada de copas, medallas y todo tipo de galardones amontonados como si fueran tomates o zapatos era algo perturbador para un niño. ¿¡Cómo que estaban a la venta!? ¿¡Cómo que no era la manifestación espontánea de una victoria!? Se supone que descendían de algún olimpo o que estaban fundidos con el oro de las esquirlas que Jordan le arrancaba al sol en cada vuelo.Pero no: eran de un material modesto y se vendían en el local de un tal Faletti. Con algunas semanas sin comprar sobres de figuritas podría haber adquirido uno de ellos, con pelota y todo. Conocer “Trofeos Faletti” fue como ver en nochebuena a un tío poniéndose en el baño la barba de Papá Noel. No es que por ello perdieran su valor simbólico. Pero sin dudas me ayudó a relativizarlos.Será por eso que a mi treinta y tantos, mi corazón no se conforma con ver su vitrina llena ni con las medallas del pasado. Será que aún no pierde la sed de la vida, el agua de los campeones: jugar por todo como si no hubiera ganado nada. La esencia de la gloria, ese brillo que resplandece más allá de los trofeos.

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